
Quizá yo sea algo extraña, pero cada mañana, nada más abrir los ojos, me viene una canción a la cabeza que, la mayoría de las veces, se me queda todo el día. Lo gracioso es que no suelen ser de las que más se están escuchando en el momento en la radio o en las cadenas de música en televisión; suelen ser de hace tiempo. Vamos que debo tener en mi cabeza un disco “remember” de los 80’s y 90’s que se pone en marcha de manera aleatoria al empezar el día.
La cuestión es que llevo más de una semana despertándome con la misma canción, siempre las mismas estrofas en mi mente (no todas):
Abre la puerta, no digas nada,
deja que entre el sol.
Deja de lado los contratiempos,
tanta fatalidad
porque creo en ti cada mañana
aunque a veces tú no creas nada.
Abre tus alas al pensamiento
y déjate llevar;
vive y disfruta cada momento
con toda intensidad
porque creo en ti cada mañana
aunque a veces tú no creas nada.
Lo peor de todo es que, cuando llega el estribillo, se me coge un nudo en la garganta tan extenso que estruja mis glándulas lacrimales:
Sentir que aún queda tiempo
para intentarlo, para cambiar tu destino.
Y tú, que vives tan ajeno,
nunca ves más allá
de un duro y largo invierno.
Es posible que sea porque en estos momentos de mi vida, necesito sentir que aún queda tiempo para cambiar el destino de alguien muy cercano, sé que yo no puedo hacer nada, aunque quizá él sí pueda si sigue poniendo de su parte, pero últimamente lo veo un poco decaído. Qué ilusa, me estoy dando cuenta de que no se puede cambiar el destino, si alguna vez hemos creído que hemos podido cambiarlo es porque el primero realmente no era el destino.
Sólo me queda esperar que sea fuerte, que sus ánimos nunca flaqueen y que su destino sea el mejor posible.