Hace años, conocí a la generosidad en persona. Disfrutaba haciéndole regalos a todos, costasen lo que costasen: llaveros, monederos, camisetas, zapatos, vestidos, maletas, abrigos, cámaras de foto, comidas, cenas, entradas para espectáculos, viajes sorpresa… Era feliz haciendo de cada ocasión una fiesta original: se rodeaba de duendes, de ibicencas, de hippies, de andaluzas… Claro está, que la buena marcha de su negocio (impulsada por sus implicadísimas empleadas) se lo permitía. Parecía increíble el incontrolado tren de vida que llevaba y, más increíble aún que, siendo ella la maquinista, invitara tan a menudo a subir a sus empleadas.Pero la situación cambió, con tan mala suerte que todavía no le había dado tiempo a hacer un curso sobre “Cómo prever o adaptarse a las diferentes situaciones”. De un día para otro, ya no sólo no las invitaba a subir, sino que a algunas de ellas las iba dejando tiradas en la vía, con el inevitable riesgo de que otro tren de otro tipo de vida pasase sobre ellas.
Ahora ya no es maquinista (muy posiblemente porque le quede algo de conciencia) pero, desde el banco del andén donde llevo tantos años sentada observando, puedo darme cuenta de que sigue ahí, justo detrás de la puerta de la cabina, mientras sus incondicionales ex acompañantes sufren los retrasos inmerecidos a consecuencia de que ella continúe de polizón.
Desde mi banco, echando la vista atrás, me he dado cuenta de que ella no se sentía feliz al regalar porque así veía felices a los demás, sino porque se sentía bien ella misma, esperando que los demás se lo agradeciesen con hechos después.







